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UN CASTIGO, POR FAVOR
(Textos inéditos).
EL SENTIMIENTO DE CULPA
Introducción
Al igual que el amor, la tristeza, el miedo, la duda o los celos, p.ej., la culpa, también, es un sentimiento estructural del ser humano; es decir, una realidad psíquica inevitable.
Lo interesante, pues, será diferenciar cuando se cruza ese umbral que conduce, de las proporciones sanas en nuestro aparato psíquico, a la intensidad y frecuencia propias de lo psicopatológico, de la enfermedad.
La palabra alemana Schuld significa tanto “culpa” como “deuda”. En esta equivalencia (según la psicología y el pensamiento de otros campos del saber como la antropología, la filosofía o la sociología) encontraremos el origen de una herencia cultural de la humanidad, de un sentimiento inconsciente de culpa que será la base de la civilización. Sin embargo, ¿qué ha sucedido cuando la culpa se pasa de la raya, “padeciéndola” como motivo de sufrimiento?

Mea culpa
Cuando en lugar de experimentar puntualmente, digamos, cierto sentimiento de culpa reparadora (sana), sentimos una desdicha interior continua, la culpa ha devenido en un trastorno anímico. Es decir, ya no funciona como ese “algo” constituyente, motor de la propia historia de la humanidad sino que es señal de enfermedad, y como tal hay que tratarla.
Las personas afectadas de esa omnipresencia de la culpa suelen manifestarla bajo múltiples formas de remordimientos, autorreproches e inhibiciones de todo tipo. Pudiendo, en algunas ocasiones, incluso conducirles hasta una desesperación insoportable donde el castigo llama a la “puerta” de su conciencia en forma de una moral especialmente cruel. De hecho, fenómenos como lo que les sucede a determinados individuos que “fracasan al triunfar”, es decir, que frente al éxito se vienen emocionalmente abajo; o la necesidad de delinquir, para acallar el conflicto interno, podemos englobarlos dentro de este mal-trato psíquico. Angustia, nos recordaba Freud, que era lo que impulsaba desesperadamente hasta el crimen, con tal de “pagar”. Pues hay un tipo “especiales” de asesinos, de delincuentes, que no se sienten culpables por matar, robar etc. sino que delinquen porque se sienten culpables.
En realidad, la culpa, no tiene tanto que ver con lo que observamos. A veces, uno puede repetirse hasta la saciedad: “¡no soy culpable; no tengo la culpa”, y de poco sirve. Tampoco, en muchas ocasiones, es más eficaz decirse: “mea culpa”, e intentar perdonarse. Y es que debido a la existencia de los procesos inconscientes, aún cuando uno crea estar seguro de que no ha hecho nada mal, para atormentarse de esa manera, o piense conocer cuál es la causa de la acción reprobable cometida e intente dis-culparse, no lo conseguirá; no logrará, mediante dichos procedimientos “razonables”, obtener la tranquilidad resultante de haber aplacado la culpa.
Por eso, distinguimos entre una culpa “normal”, reparadora, (consciente), que es propia de la responsabilidad; de aquella otra que por presentar raíces más profundas (inconscientes), llega a hacer de la vida un sin vivir. La primera, la culpa, digámoslo así, sana, falta por ejemplo en determinadas psicopatías; acordémonos Meursault el protagonista de la novela de Camús “El extranjero”; ese personaje aburrido de la vida, que tratando de matar el tiempo, un día, mata a un hombre con absoluta insensibilidad e indiferencia. ¡Ni rastro de arrepentimiento ni ante el juez! Comprende, eso sí, que ha destruido el equilibrio del día. Aunque, por otra parte – reflexiona -, al menos ha sido un domingo diferente.
En general la culpa ha sido un tema de referencia en la literatura clásica y moderna. Por citar sólo varias de las obras más conocidas de la literatura universal, donde el genio y la sensibilidad de sus autores capta muy bien estos movimientos anímicos en toda su complejidad, citaremos “Crimen y castigo” del ruso Fiódor Dostoievski o “Hamlet” y “Macbeth” de William Shakespeare. Sin olvidar, por supuesto, a Sófocles con su “Edipo rey”.
Y es que para el inconsciente no existe diferencia entre los deseos y los actos. Donde, como a cierta edad en los niños, difícilmente se distingue entre lo que se piensa (imagina, fantasea) y lo que se hace; entre el desear y el actuar. En cierto sentido, también, es el drama del neurótico obsesivo que, entre ceremoniales y rituales compulsivos, entre interdicciones y supersticiones, intenta fallidamente silenciar el desprecio que se tiene, es decir la falta de aprecio, por la culpa y la vergüenza que, inconscientemente siente.
Si bien todos hemos sido niños, o sea, que estructuralmente hemos pasado por las mismas etapas del desarrollo: exclusividad en la demanda de amor, inmediatez, deseos de posesión hacia la persona que nos cuida y odio a ese incómodo tercero portador del límite en forma de Ley, no todos salimos de ese “pasaje edípico” de la misma manera. No siempre funciona el mecanismo de la represión de la misma forma. De ahí que frente a ciertos deseos (no conscientes, por considerarse amorales, como “pecados”) puede quedar, como recordatorio, una “silenciosa” dialéctica interna. Un conflicto psíquico básicamente de “tentaciones”, que en la edad adulta podrá hacer su aparición en forma de los “ruidosos” síntomas que estamos analizando.
Aunque deuda y deseo se consideran como dos dimensiones de lo humano, propias de nuestra existencia, no es así con la culpa asociada a la necesidad de castigo. Necesidad de castigo que, en esa lucha interna a veces atroz entre el deseo y su defensa, genera tal agresividad que puede terminar en violencia o en suicidio.
En este sentido, la mejor profilaxis, consiste en conocerse. Conocer a ese “extranjero” que constitutivamente todos llevamos “a dentro”. Conocer nuestros procesos mentales para poder enfrentarnos a ellos; para, en definitiva, comprendernos y comprender a los demás; aceptarnos, aceptando lo diferente en nosotros, y así poder aceptar lo diferente también del otro.
Los delincuentes por sentimiento de culpa
“En sus informes sobre sus años juveniles, especialmente sobre los anteriores a la pubertad, personas honradísimas luego y de elevada moralidad me han revelado, frecuentemente, haber cometido por entonces actos ilícitos, tales como hurtos, fraudes e incluso incendios. En un principio solía yo dejar de lado estos hechos, explicándolos por la conocida debilidad de las inhibiciones morales en aquella época de la vida, y no intentaba insertarlos en un más amplio contexto. Pero el examen de algunos casos más claros y favorables, en los que tales actos fueron cometidos por enfermos míos durante el tratamiento y en edad muy posterior a aquellos años juveniles, me impulsó ya a un estudio más penetrante y detenido de estos incidentes. La labor analítica me condujo entonces al sorprendente resultado de que tales actos eran cometidos, ante todo, porque se hallaban prohibidos y porque a su ejecución se enlazaba, para su autor, un alivio psíquico. El sujeto sufría, en efecto, de un penoso sentimiento de culpabilidad, de origen desconocido, y una vez cometida una falta concreta sentía mitigada la presión del mismo. El sentimiento de culpabilidad quedaba así, por lo menos, adherido a algo tangible.
Por muy paradójico que parezca he de afirmar que el sentimiento de culpabilidad existía antes del delito y no procedía de él, siendo, por el contrario, el delito el que procedía del sentimiento de culpabilidad. Tales sujetos pueden ser justificadamente designados con el nombre de «delincuentes por sentimiento de culpabilidad». La preexistencia del sentimiento de culpabilidad pudo ser demostrada por toda una serie de otros efectos y manifestaciones. Ahora bien: el señalamiento de un hecho curioso no es por sí solo un fin de la investigación científica. Habremos, pues, de resolver dos cuestiones: de dónde procede el oscuro sentimiento de culpabilidad existente antes del hecho y si es verosímil que una tal causación entrañe considerable importancia en los delitos de los hombres.
El examen de la primera de tales cuestiones prometía descubrirnos la fuente del sentimiento de culpabilidad en general. El resultado de la labor analítica fue el de que tal oscuro sentimiento de culpabilidad procedía del complejo de Edipo, siendo una reacción a las dos grandes intenciones criminales: matar al padre y gozar a la madre. Comparados con éstos, los delitos cometidos para la fijación del sentimiento de culpabilidad habían de ser realmente un alivio para el sujeto atormentado. Hemos de recordar, a este respecto, que el asesinato del padre y el incesto con la madre son los dos magnos delitos de los hombres, los únicos perseguidos y condenados como tales en las sociedades primitivas. Y también cómo otras investigaciones nos han aproximado a la hipótesis de que la fuente de donde la Humanidad extrajo su conciencia, que hoy se manifiesta como una potencia psíquica heredada, habría sido el complejo de Edipo.
La respuesta a la segunda interrogación rebasa los límites de la labor psicoanalítica. En los niños podemos observar directamente que «son malos» para provocar el castigo, y una vez obtenido éste, se muestran tranquilos y contentos. Una investigación analítica posterior nos procura muchas veces la pista del sentimiento de culpabilidad que los llevó a buscar el castigo. De los delincuentes adultos hemos de restar, desde luego, todos aquellos que cometen delitos sin sentimiento de culpabilidad, aquellos que no han desarrollado inhibiciones morales o creen justificada su conducta por su lucha contra la sociedad. Pero en la mayoría de los demás delincuentes, en aquellos para los cuales se han hecho realmente las leyes penales, tal motivación podría muy bien ser posible, aclararía algunos puntos oscuros de la psicología del delincuente y procuraría a la pena un nuevo fundamento psicológico. Uno de mis amigos me ha llamado la atención sobre el hecho de que ya Nietzsche sabía de estos «delincuentes por sentimiento de culpabilidad». La preexistencia del sentimiento de culpabilidad y el empleo del hecho para la racionalización del mismo se nos aparecen en las palabras de Zaratustra, «el pálido delincuente». A investigaciones futuras corresponde fijar cuántos de los delincuentes deben contarse entre los «pálidos».”
(“Los delincuentes por sentimiento de culpa” - Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica – S. Freud /1916)
( Apartado “El sentimiento de culpa”, del libro “Hay otra manera de vivir”)
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ILUSTRACIÓN: "El peso de la falta" (30 x 50) / Jacques Salomon
José García Peñalver
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