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"COITERACIONES"
Un blog sobre psicoanálisis lacaniano
LA LEY Y LA EDUCACIÓN
Las prohibiciones y los límites tienen un esencial carácter positivo y formativo. La ley es condición de la libertad y del «deseo», así como la disciplina lo es de la responsabilidad y el orden. Establecer un límite define un campo de posibilidades al brindar unas reglas para obrar y comunicarse con los demás. Asumir la ley es reconocer que no se está solo. La ley, en tanto instancia tercera, es la que media en todas las relaciones de nuestra vida. Las normas y pactos sociales son los que regulan los vínculos laborales, de amistad y sexuales de todos los seres humanos. La ley es un poder que cobra a cada cual una cuota de sacrificio para poder vivir en sociedad.
La inscripción de la ley y la exigencia de una disciplina es un asunto de malestar para toda sujeto sometido a ellas. Aquel que hace respetar la norma o exige disciplina generará inevitablemente descontento. Esta molestia es el costo que todo sujeto debe pagar para gozar de los beneficios de vivir en comunidad. Ser agente de la ley o ser quien exige disciplina, implica estar investido de una autoridad que es reconocida y respetada.
El adulto actual, padre o maestro, no parece comprometido con su papel de agente de la ley y le da temor ser exigente. Muestra de ello es su ansiosa búsqueda por ser el compañero de sus hijos o el amigo de sus alumnos. Con esta actitud se destituyen de su lugar y pierden autoridad. Cuestionar la supuesta «fraternidad paterna» o la «amistad profesoral» no es negar que entre padres e hijos o profesores y alumnos puedan y deban darse relaciones de diálogo, cordialidad y respeto. Pero padres y maestros, en tanto agentes de la ley, no son semejantes a su prole y a sus discípulos. La semejanza e igualdad esta bien para la amistad, pero regirse por esta fantasía de igualación, negándose a ejercer una autoridad, termina por diluir el necesario sometimiento del hijo y del alumno a la ley, y de paso, se degrada la figura del padre y del maestro, los cuáles se quedan sin piso para exigir de aquellos el cumplimiento de una disciplina y el respeto por la autoridad (Gallo, 1998).
jueves, abril 05, 2007
MADRES OMNIPOTENTES
Todo sujeto tiene que dar respuesta a una pregunta que surge de la relación con su madre: «¿qué quiere mi mamá de mí?». En esa relación de amor del niño con la madre, ella es quien responde a las demandas iniciales del niño: lo alimenta, lo cambia, lo cuida, etc. Pero aquí la madre demuestra tener el poder de responder o no a las demandas del niño en función de su capricho: ella tendrá ganas o no de responder -de alimentar, cambiar o cuidar de su hijo-.
Esta posibilidad absoluta de responder que tiene la madre hace que para el niño la madre sea omnipotente, todopoderosa. Ella tiene el poder absoluto de la respuesta, de gratificar o de frustrar, y ella lo hace en función de su capricho. Se necesita entonces frenar semejante «potencia de capricho» que al mismo tiempo es necesaria, porque si la madre no responde a las demandas del niño, si, por ejemplo, no lo alimenta, este se muere.
Esta madre omnipotente que responde a la «ley del capricho» engendra en el niño una pregunta angustiosa: «¿Qué es lo que ella quiere?», «¿Qué es lo que a ella le satisface?». Y lo que sucede a continuación es que el niño se acomoda a lo que imagina que a ella la satisface. Por esta razón hay niños exageradamente dependientes de sus madres: porque sus madres desean depender de sus hijos; o hijos que fracasan, o «bobos», o indisciplinados, etc., ¡porque ellos responden al deseo inconsciente y caprichoso de la madre de tener un hijo así!. El niño esta completamente a merced de esa «potencia materna», poder que ella, a lo mejor, no sabe que posee. Es el poder de la madre en la medida en que también es ella la que transmite al niño las costumbres de la familia, la cultura, los valores, el lenguaje, una moral, etc.
Para que haya la posibilidad de que el niño acceda a una "independencia", para que psicológicamente se separe de la madre, es necesario que a ese «Deseo-de-la-Madre», tan caprichoso, se le ponga un límite, y es el padre -el padre como esa instancia que está más allá de la madre y el hijo; no tanto la persona del padre, sino ese que opera como límite al deseo de la madre- es el padre, decía, quien está llamado a ponerle freno a esa «potencia materna» de la que el niño está a merced. Es a esto a lo que se le llama comúnmente «destetarse», es decir, despegarse de las faldas de la mamá.
lunes, marzo 26, 2007
LA NORMA FUNDA LA CULTURA
Los humanos no cuentan con un mecanismo de autocontrol de sus impulsos agresivos y sexuales; necesitan de normas que los regulen. Las reglas permiten la creación de lazos pacíficos entre los hombres. La norma es un precepto dictado por una autoridad para reglamentar los vínculos entre los sujetos.
Las normas hacen referencia a acuerdos, pactos, leyes, que enseñan a todos a actuar en la vida, a controlar sus actos, a conocer los límites de su conducta; es decir, nos habilitan para vivir en sociedad. Cada cultura fija sus propias normas. Las normas, entonces, instauran límites. La cultura ha sido fundada sobre la base de una prohibición: la prohibición del incesto, del asesinato y el canibalismo, prohibiciones que inauguran el ascenso de la civilización.
Para que la norma tenga efectos en la regulación del comportamiento, es indispensable que esta sea explícita, que se aplique con firmeza, y que cada vez que se transgreda una ley, se aplique una sanción. Lo anterior es fundamental para la transmisión de un sentido de responsabilidad sobre las consecuencias de los propios actos; también hace falta que la persona que representa la Ley la respete y la haga respetar.
La familia es el lugar privilegiado donde un sujeto interioriza el respeto por las normas; esto no es algo que se produzca de modo natural. Es una operación que depende de la forma como intervienen los padres en su hijos. Para que el sujeto aprehenda la norma es importante que los padres no se desautoricen; cuando sucede esto, las consecuencias suelen ser catastróficas.
viernes, octubre 06, 2006
EL MERCADO PROMETE AL SUJETO EL OBJETO DE DESEO
El capitalismo, es decir, las economías de mercado, es el discurso que actualmente comanda, dirige o gobierna los destinos de todo el planeta. En él existe una relación estrecha entre aquello que produce la ciencia de la mano de la tecnología y el mercado, de tal manera que el mercado, con su propaganda, explota el deseo del sujeto gracias al imperio del discurso capitalista.
El mercado le promete al sujeto el objeto del deseo, es decir, promete el objeto con el que el sujeto supuestamente va a satisfacer sus deseos. El sujeto, entonces, en una posición de falso Amo -ya que él cree que lo que compra es porque lo necesita- se ve empujado a comprar determinados objetos -gadgets- obedeciendo a la propaganda que inunda los medios de comunicación.
Esto genera lo que denomina el psicoanálisis un «plus de goce», es decir, un más de satisfacción en el sujeto, que es la satisfacción que él experimenta al comprar un objeto que está de moda, o que es nuevo, o que es lo múltimo en tecnología, etc. Pero esa pequeña satisfacción dura poco: lo nuevo es obsoleto al día siguiente, ya que salen nuevos objetos que reemplazan a los anteriores rápidamente, objetos que vuelven a prometerle, al sujeto, el objeto que él desea, y que si adquiere, será por fin feliz, o completo, o realizado. De aquí surge ese "consumismo alocado" del proletario moderno.
El proletario es uno de los síntomas del discurso capitalista en la sociedad contemporánea -sociedad de consumo-; hoy todos somos proletarios, en el sentido de que hoy todos los sujetos trabajan para consumir. Con un agravante: ese sujeto consumidor de gadgets, de objetos que produce la tecnología, ya no hace lazo social con otros sujetos. El paradigma de esto es el sujeto toxicómano; él escapa al lazo social ya que está completo con su objeto de consumo -objeto plus de goce-. El adicto es un sujeto pegado a su objeto de goce: la droga, un sujeto completamente satisfecho con lo que consume; un sujeto que no demanda nada a nadie: él posee el objeto que lo satisface y esto se constituye en un síntoma del capitalismo.
La ciencia nos hace creer que lo que le falta al sujeto está en el mercado, pero la realidad es que ningún objeto de consumo puede venir a completar al sujeto: Los objetos no le dan «ser» al sujeto, por esta razón el proletario moderno, mientras más consume, más vacío se siente, menos sentido le ve a la existencia y se experimenta cada vez más solo.
lunes, noviembre 19, 2007
( Textos extraidos de "Coiteraciones". Por gentileza del autor: Hernando Alberto Bernal )
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