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LA INVENCIÓN DE LOS TRASTORNOS MENTALES
(Salud).
Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez son los autores del polémico libro titulado "La invención de los trastornos mentales". Ambos son investigadores y profesores expertos en psicología clínica y psicofarmacología de la Universidad de Oviedo. A través de sus investigaciones denuncian la evidencia científica acerca de la naturaleza de los trastornos mentales y de sus tratamientos. Las conclusiónes de los análisis realizados ponen de manifiesto que considerar los trastornos mentales como enfermedades es sencillamente una falacia. Frente al modelo rígido de «enfermedad mental», los autores proponen una visión más abierta de tipo contextual, centrada en las circunstancias personales, en la que se escucha a las personas en vez de a los fármacos.
En sus consideraciones, salidas de los estudios llevados a cabo, justifican con todo rigor la teoría acerca de la invención de distintas categorías de trastornos mentales. Donde la creación y propagación de éstas últimas tiene mucho que ver con los intereses comerciales de la industria farmacéutica y con la complacencia de profesionales y pacientes.

En la revista del Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos (*), con el título de ""La invención de los trastornos mentales" siembra la polémica" aparece la siguiente entrevista a uno de los autores del libro, al profesor D. Mariano Pérez, la cual reproduzco íntegramente.
Héctor González Pardo y Marino
Pérez Álvarez, autores
del libro “La invención de los
trastornos mentales”, recientemente publicado
por Alianza Editorial, alertan de
la creciente aparición, en las últimas décadas,
de nuevos tipos de trastornos
mentales y de la incidencia de los ya
conocidos y denuncian que esta tendencia
a la psicopatologización tiene
mucho que ver con intereses comerciales
de la industria psicofarmacéutica,
considerando ésta como el mayor sistema
de invención de trastornos mentales
y de su tratamiento.
En su libro, los autores hacen un planteamiento
novedoso de la naturaleza de
los trastornos mentales y de su tratamiento,
y enfatizan que éstos, lejos de
ser supuestas entidades naturales de
base biológica que buena parte de la
clínica actual (en connivencia con la
mayoría de los pacientes) pretende hacer
creer, serían entidades construidas
de carácter histórico-social, más sujetas
a los vaivenes de la vida que a los
desequilibrios de la neuroquímica. Los
autores aclaran que el hecho de que sean
entidades construidas no priva para
nada a los trastornos de entidad real. Y
añaden que su carácter real sería de
otro orden, más del orden de los problemas
de la vida que de la biología y
de la persona que del cerebro.
ENTREVISTA
Infocop: Para aquellos lectores que no
han tenido oportunidad de leer su libro,
¿podría profundizar un poco más cuál
ha sido su planteamiento de partida?
Marino Pérez: El planteamiento de partida
es la proliferación de trastornos
mentales en los últimos tiempos, tanto
de nuevas categorías (por ejemplo, trastorno
de pánico y fobia social) como de
incidencia de otros ya establecidos (por
ejemplo, la depresión). Esto, en principio,
debiera sorprender, ya que supuestamente
vivimos en la sociedad del
bienestar y disponemos de mejores tratamientos
que nunca (psicofarmacológicos
y psicológicos).
Una dimensión de este fenómeno tiene
que ver con la cultura clínica de la gente,
cada vez más informada y sensibilizada
a ciertos problemas. La industria farmacéutica,
con sus campañas de sensibilización
a la población ha sido eficaz en
informar a la gente de que ciertos problemas
de la vida (y a veces ni siquiera)
son trastornos o, incluso, enfermedades
que, curiosamente, se remedian con medicación.
La Psicología también contribuye
con su influencia en alguna forma
de psicopatologización de la vida cotidiana.
Esta dimensión del fenómeno ha
sido puesta de relieve anteriormente en
diferentes libros publicados en EEUU,
Inglaterra, Alemania y Francia, cuyos títulos
son elocuentes: creando la enfermedad
mental, industrias farmacéuticas
que nos convierten en enfermos, inventores
de enfermedades, cómo la depresión
ha llegado a ser una epidemia,
etcétera. Lo que tiene de único nuestro
libro, más allá de exponer muy documentadamente
la dimensión anterior, es
plantear la cuestión de fondo acerca de
cómo es posible que se inventen enfermedades
y que terminen por ser reales.
Ésta es una cuestión ontológica, no meramente
clínica ni empírica, acerca de la
naturaleza y modo de ser de los trastornos
mentales.
I.: En este libro se defiende un nuevo
planteamiento de las enfermedades
mentales. A este respecto nos gustaría
preguntarle cuáles son las aportaciones
más novedosas de la obra.
M.P.: Una aportación novedosa respecto
de libros similares es, precisamente,
la cuestión ontológica de qué es un trastorno
mental. La tesis del libro es que
los trastornos mentales, lejos de ser tipos
o entidades naturales, serían tipos
prácticos o entidades interactivas, susceptibles
de ser influidas (modeladas y
reconstruidas) por el conocimiento que
se tenga de ellas, incluyendo la cultura
clínica de la gente, la sensibilización de
la población y las prácticas clínicas (teorías,
diagnósticos, técnicas, etcétera).
Es por ello que los trastornos (y aun
simples problemas de la vida) pueden
terminar como supuestas enfermedades,
pero no porque éstas estuvieran ahí dadas
esperando a ser descubiertas (diagnosticadas),
sino por la conjunción de
una serie de factores y actores implicados
en toda una escala cultural, no meramente
en la práctica clínica. El punto
aquí es que el problema presentado no
es indiferente a las concepciones culturales
y clínicas que se tengan de él. Esto
no quiere decir que cualquier concepción
haga cualquier cosa. Simplemente
se está diciendo que los trastornos mentales
no son indiferentes al conocimiento
que se tenga de ellos, sino que son
entidades interactivas, simplemente, pero
no tan simple.
I.: Su obra ha sembrado la polémica y
no ha dejado indiferente a un sector de
la Psiquiatría y la Psicología Clínica.
¿Cuáles son sus aspectos más controvertidos?
M.P.: Para empezar, el propio título. El
término “invención” tiene una ambigüedad
sugerente; por un lado, de “cosa inventada”,
en el sentido de construida y
realmente existente (ahí están, sin ir más
lejos, los inventos del coche y del teléfono)
y, por otro, de “engaño”, en este caso
cuando los problemas de la vida y aun
los trastornos hechos y derechos se hacen
pasar como una “enfermedad más
cualquiera”.
Otro aspecto controvertido es la cuestión
ontológica acerca de si los trastornos
mentales son entidades naturales
(indiferentes) o interactivas y construidas
histórico-socialmente. Se trata de
una cuestión filosófica antes que clínica,
(pero) con importantes implicaciones
clínicas, entre ellas, entender por
qué hay tantos tratamientos psicológicos
(amén de los psiquiátricos), pensando
en los distintos sistemas
psicoterapéuticos. La respuesta que damos
tiene su base precisamente en la
naturaleza abierta e interactiva de los
problemas psicológicos. Los distintos
sistemas, por ser sistemas, pueden crear
toda una cultura clínica, una red institucional
y un contexto de validación. La
cuestión aquí no es que los problemas
tomen una forma, que alguna han de tomar
para que el clínico los pueda tratar,
sino qué forma tomen pudiendo ser, en
esto, unas más psicopatologizantes y
otras menos, etcétera.
Otro aspecto controvertido puede ser
que el libro se decanta a favor de un
modelo contextual de psicoterapia,
frente a un modelo médico o del déficit,
aquél que supone una disfunción intrapsíquica
como causa del trastorno, quizá
hoy mayormente representado por la terapia
cognitivo-conductual tradicional
(se ha de decir que esta terapia se está
moviendo en la dirección que aquí denomino
contextual.) Un modelo contextual
sitúa el problema en la relación de
uno con el ambiente, con los demás y
consigo mismo, incluyendo aquí las
propias experiencias y los síntomas,
considera a la persona como contexto
biográfico (social-verbal) en el que se
han de entender los problemas y enfatiza
la relación terapéutica como contexto
fundamental de la terapia en el que las
técnicas tienen su efecto.
En este sentido, el libro defiende sistemas
psicoterapéuticos, como el fenomenológico-
existencial y el centrado en la
persona y experiencial, a pesar de no
contar con los apoyos empíricos que
abundan en otros sistemas como, por
ejemplo, el cognitivo conductual. El libro
se sitúa más allá del movimiento de
los tratamientos psicológicos eficaces,
hasta ahora interesado en competir con
la medicación como criterio de referencia
obligado (siquiera para situarse en el
mapa). Los tratamientos psicológicos
han mostrado ser tan eficaces e incluso
más que la medicación, jugando con
sus criterios (en este sentido se ha ‘empatado
el partido’ que se estaba perdiendo),
pero la Psicología puede
ofrecer más que meramente tratamientos
eficaces al uso. Estas psicoterapias
sin apenas apoyo empírico tienen, sin
embargo, en mi opinión, mucho que decir
en Psicología Clínica.
I.: Siguiendo con el título del libro,
¿se escucha más al paciente o al fármaco?
M.P.: “Escuchar al fármaco” es una estrategia
tanto de la investigación psicofarmacológica
como de la práctica
psiquiátrica, consistente en definir el
problema por los síntomas que son sensibles
a la medicación. Es así, por ejemplo,
que el trastorno de pánico se
diagnostica por unos cuantos síntomas,
precisamente los que servían para calibrar
un fármaco.
El fármaco funciona, a la vez, como
diagnóstico y tratamiento. En la práctica
clínica con base en la medicación no
se escucha al paciente o, mejor, a la
persona, sino al fármaco (lo que se pregunta
al paciente y se escucha de él está
en función de la medicación). La expresión
fue establecida por P. Kramer, en
1993, en su célebre libro “Escuchando
al Prozac“.
I.: ¿Qué repercusiones pueden tener sus
conclusiones en la práctica clínica?
M.P.: No creo que muchas, sí alguna.
De todos modos, podría servir para mover
al psiquiatra de su mimetismo médico,
como si los trastornos mentales
fueran una enfermedad más cualquiera,
y al psicólogo de su mimetismo psiquiátrico,
como si él mismo fuera una
especie de sacristán de psiquiatra o un
psiquiatra junior.
Yo creo que la Psiquiatría tiene una riquísima
tradición, la tradición en particular
de la fenomenología clínica, que
las nuevas generaciones ignoran a cambio
de saber mucho de moléculas, pero
poco de pacientes. Como se muestra en
el libro, en la parte de la psicofarmacología
hay un abismo entre las moléculas
y los síntomas que tienen los pacientes.
Se conoce cada vez más del cerebro,
pero no por ello se sabe más de los trastornos
mentales.
Por su parte, la Psicología Clínica se
ha ofuscado un tanto en medirse con la
Psiquiatría, lo que en todo caso era necesario
para estar en el mapa, pero ha
descuidado su propia tradición y contribución
que es la de, creo yo, ofrecer terapias
contextuales (más que de modelo
internista) con base en la persona más
que en el cuadro o en el síntoma.
Podría servir también para devolver a
la persona un papel más activo y responsable
en los problemas de su vida,
frente al papel de paciente víctima de
supuestos desequilibrios neuroquímicos,
de loterías genéticas o de traumas cual
pecado original concebido algún día.
I.: Para finalizar, ¿le gustaría añadir
otra cuestión?
M.P.: Vengo insistiendo mucho en la
consideración de los trastornos mentales
como si fueran “una enfermedad
más cualquiera”, que es uno de los
principales referentes de “invención”.
Ciertamente, no son los psicólogos
quienes han introducido este eslogan,
aunque de alguna manera también contribuyen
en su propagación y lo usan
cuando es necesario. ¿Cuándo es necesario?
Obviamente, cuando el paciente/
cliente lo usa dándolo por hecho y el
clínico no vea que haya que introducir
una disputa pírrica. Pero más allá de
este uso prudencial, ni sería necesario
ni conveniente. Tal eslogan se ha introducido
bajo el supuesto que evitaba la
estigmatización, al no “comprometer”
a la persona, pero se ha visto que la estigmatización
ha aumentado. La gente
ve a los “enfermos mentales” como
siendo incontrolados e imprevisibles y
hasta los propios clínicos los tratan con
distancia, ya que hay poco de qué hablar
si sus “síntomas” derivan de la
química (escuchando al fármaco, de
nuevo). Las personas con trastornos
asumen el papel de paciente (y estamos
en lo apuntado antes).
Por otro lado, la noción de enfermedad
desvía la atención de las verdaderas
condiciones de las que dependen los
trastornos mentales que, a mi juicio, se
encuentran en los problemas de la vida
y en las maneras que tienen las personas
de tratar con ellos.
Finalmente, no nos engañemos, la
concepción de enfermedad está funcionando
en realidad como justificación de
la medicación masiva a la que hemos
llegado.
Si lo anterior tiene algún sentido, surge
un gran problema que los psicólogos
que estuvieran de acuerdo con lo
anterior tendrían que “arreglar”, y si
tiene arreglo no sería sin un cambio
institucional (desde luego, no se arreglaría
con mera militancia y voluntarismo
en la práctica clínica). Sería el
problema de los pacientes, de los familiares,
de las asociaciones de pacientes
y de familiares y de otras instituciones
que tienen asumido e integrado que los
trastornos que tienen o atienden son
enfermedades como cualquier otra
(ello a veces por la “cuenta” que les
tiene). Éste es realmente un problema
para mi propuesta
(*) INFOCOP / nº 36 Enero - Febrero 2008 / Autoras : Edurne Alonso y Silvia Berdullas
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